En el Carnaval de Barranquilla no sólo se disfraza la gente: también lo hacen algunas casas. Sus habitantes les ponen una especie de disfraz múltiple, una mezcla de pintura escandalosa, figuras de poliestireno (icopor) con los personajes distintivos, serpentinas y banderas.
Son personas como Jacqueline Vargas y Carmen Peña, que no escatimaron en gastos ni tiempo para dejar "impecable" la fachada de un segundo piso en una esquina de Cevillar, con su respectiva marimonda, una muñeca vestida de cumbiambera, y el infaltable 'Ñato mamarrón', protagonista del tema musical más sonado de la temporada.
O son personas como Rodrigo Acuña Narváez, mecánico diesel cuyo poder de convocatoria es suficiente para poner a trabajar a sus hijos, sus hermanos y primos en la transformación completa de su casa del barrio La Unión. En el caso de la esquina elevada de la carrera 19 con la calle 45D, el disfraz a los apartamentos superiores tomó por sorpresa a los vecinos: nunca antes se había hecho.
Fue idea de Jacqueline Vargas, comerciante barranquillera que hasta hace seis meses vivía en Costa Hermosa, de Soledad. Ella se trajo la idea de allá, donde también se preocupaba por adornar la casa. "Ella nos metió en esto, y como nosotros llevamos el Carnaval en la sangre, pues le seguimos las aguas", agrega Carmen Peña, quien se mudó al apartamento contiguo con su esposo Adalberto Olmos y sus dos hijos.
"Si nos preguntan cuánto nos hemos gastado, la verdad es que no tenemos ni idea. Y todos los días estamos haciendo figuras y muñecos", dice Olmos. Tampoco se ha escatimado en tiempo de trabajo. "Una vez estuvimos decorando hasta las dos de la madrugada", agrega él. Luego remata diciendo que en Carnavales esperan amanecer bailando.
"Lo nuestro es una tradición", dice Luciana Lugo Díaz, suegra de Rodrigo, una diminuta mujer que esconde, bajo su apariencia de anciana, a la más entusiasta carnavalera. Esa casa de la calle 38B con la carrera 17, cambia de apariencia primero en diciembre, cuando resalta en la cuadra con motivos navideños, y vuelve a transformar en enero, un mes antes de los cuatro días centrales de la fiesta.
Hoy está cubierta de papel maché en tonalidades verdes, tiene muñecos disfrazados colgados o reposando en las columnas y esquinas, y está tapada hasta el techo con motivos carnavaleros.
"Llevamos ocho años en esto", señala el joven Rodrigo David, hijo del dueño de casa.
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